11/8/08

EN EL MIDI FRANCÉS



Ella es del país de Gales, él alemán sin nacionalidad. Ella es bella aún, él te abraza con su mirada. Ella habla el español, además de inglés y el francés de donde habita. Él alemán, inglés y supongo que el francés. Ella domina el arte de los diccionarios, de las frases esforzadas y el origen de las palabras. Él solo habla inglés, cuando abre la boca. Ella no la cierra. Él nos ponía vino y agua. Ella deliciosas mermeladas. Él era huérfano, ella abandonada. Él no hablaba de ellos. Ella hablaba de los dos. Él era artista, ella trabajadora. Él autodidacta, ella no sabía que lo era. Él era hijo del holocausto, ella de la desesperación. Él nos enseñó sus obras, a ella le salían por los poros. Los dos tenían siete nietos. Lejos. Los dos seguían casados, casi dos meses al año. Al marchar, ella dijo: Volved, él nos abrazó con su mirada. Nosotras con nuestros brazos.

31/7/08

Berto, de Pedro Orgambide



Berto, de Pedro Orgambide

De la página de Carlos Rivera: Relatos

"Cuando tengas que elegir entre varios caminos, elige siempre el camino del corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca". Proverbio sufí

Solo cuando estaba muy borracho, Berto recordaba las colinas de Italia.
Entonces sí hablaba en su idioma y maldecía su suerte.
Porca miseria...etc...etc...

Pero eso ocurría rara vez.
Los otros días, con sus correspondientes noches y madrugadas, Berto podría vivir aliviado de recuerdos.
Bastante tenía con su trabajo. Que lo dejaran de joder con Italia....
Eso es lo que decía Berto, cuando una o dos veces por año, recibía carta de sus familiares a lo que no veía hacía medio siglo.
Ni falta que hace, decía Berto, cuando su mujer le pedía que escribiese.
A Berto no le gustaba escribir.
El lápiz le hacía doler los callos de los dedos.

¡Merda, me duele!, decía y tiraba el lápiz por la ventana de la cocina de madera.
Su mujer no insistía. Traía el pan, el vino y la polenta.
Después, cuando su marido se dormía, trataba de descifrar las palabras.
Cansada, apagaba el velador.
Quería imaginar otro país, otro olor que no fuera el de la cocina y la pieza y el cuerpo de Berto.
No podía.
A las tres, Berto se levantaba de un salto, llenaba la habitación con sus resoplidos y puteadas y salía al patio para lavarse en la pileta.
Un rato después estaba en el corralón y a la hora en su carro de feriante, metiendo ruido con sus fierros.

Berto, Berto, Berto, ahí viene Berto, decían, porque Berto era el rey de la feria, un espectáculo que crecía a medida que el sol iluminaba la calle rebosante de carnes y de frutas y de chicos ladrones y mujeres.
Porque a Berto le gustaba la feria.
Le gustaba gritar de puesto a puesto, hacerse el payaso con su delantal, ponerse el gorrito sobre los ojos, colocarse una flor en la oreja.

Cuando no trabajaba, Berto perdía la alegría.

Los domingos visitaba a sus hijas y a sus yernos, devoraba en silencio sus tallarines, eructaba y se iba al boliche a jugar a la murra...
¡E uno, e due...e tre! Gritaba Berto y extendía su mano buscando la suerte o la alegría ...o la vida que se le escapaba de las manos.
Entonces bebía...un vaso...otro y otro...
y cuando estaba muy borracho, entonces sí recordaba las colinas de Italia.
Fue un día así cuando llegó la carta.
La leyó una vez, luego otra...y una vez más todavía.
A pesar de la borrachera no podía dormirse.

¿Malas noticias?, preguntó la mujer.

Berto no contestó.
La mujer se tapó la cabeza con la almohada y él seguía leyendo: las mismas palabras, cada letra, hasta que la carta quedó en algún lugar del cerebro de Berto...y permaneció allí durante un día y otro y un mes y otro.
Un domingo, después de los tallarines, mientras se pasaba minuciosamente escarbadientes, Berto anunció a su familia:

Me ne vado Italia.

No dijo por qué, a Berto no le gustaba dar explicaciones.
Otro domingo, agregó:
Ha morto el tío Nicola. Me dejó una casa frente al mare...frente al mar.

Berto no es el de antes, decían en la feria.
Pero a Berto le importaban poco las opiniones de la gente. Sólo pensaba en su casa frente al mar.
Soñaba con ella y también con las colinas y también con su madre.
Y ya no hacía falta que estuviese borracho para que hablara en italiano.

Las viejas palabras volvían a su memoria.
¿Qué me decís, Berto?, le preguntaba su mujer sin entenderlo y pensaba que su Berto se había vuelto loco.

Pensaba que los viejos son así, que hablan solos, como los locos, sobre todo cuando reciben una carta que los aleja de su familia.
Por eso no se entristeció cuando Berto subió al barco.
Y no se sorprendió mucho cuando llegó la carta en la que le comunicaban que Berto había muerto un día después de su llegada, y a unos pasos de la casa frente al mar.

*www.elortiba.org/orgamb.html

29/7/08

VERANO



Verano
Joan Barril en El Periódico

El sol, un limón. La luna, una rodaja de berenjena. Arena fina en el fondo del lecho.

23/7/08

POETAS REUNIDOS



SILENCIA: POETES I CANTAUTORS EN CONCERT PER LA LLIBERTAT D'EXPRESSIÓ

El concierto fue precioso. Les dedico unas palabras a esos poetas (los cantautores son para mí poetas, también) con mi felicitación.

POETAS REUNIDOS

Poetas reunidos,
soberbios, humildes,
hombres y mujeres,
mostráis sentimientos
y los hacéis de todos,
tan nuestros.

Poetas juntos por la palabra
y el derecho a usarla,
poetas unidos en
por
la libertad de expresión.

Palabras de encuentros,
de risas y de cabreos.
de amores y desamores,
poetas nuestros.

Revindicáis la palabra,
la vuestra, la nuestra,
la de las cárceles,
las de los miedos.

Gracias por uniros,
vosotros, tan solos,
vosotros, tan vuestros,
hoy salís al mundo
y nos hacéis partícipes
de la libertad de vuestra palabra.

Vuestro gesto
os acerca,
nos acerca,
nos libera.
Que así sea.

22/7/08

EL RAYO VERDE



EL RAYO VERDE

CARLOS RIVERA
A Beatriz Rivera Polo

Mi abuela Carmen, que era tan fabuladora como la abuela de García Márquez, me contaba de niño la historia del rayo verde, rarísimo fenómeno meteorológico que, en medio de un nublado o con el día azul, podría aparecer sobre los cielos como la fracción de un relámpago de un verde nunca visto ni en los retoños de las plantas, ni en la paleta de pintor alguno, ni en los mares de Cozumel, ni en las hojas de los árboles de Francis Ponge. Mi abuela lo había contemplado de niña sobre los cielos de La Coronada, en un día de junio ni muy claro ni muy nubloso, uno de esos días de transición al verano desde la primavera fugitiva. Según decía ella, fue visto y no visto en su duración infinitesimal, pero a mi abuela se le había quedado la mirada encinta de una felicidad inumerable. Ella me hablaba del rayo verde como de una nostalgia transterrada y aun se sentía dichosa de un recuerdo tan fugaz.

Solía contarme que ni en un receso de la lluvia, tan escasa en mi aldea, había jamás hallado en los siete colores del arcoiris un color tan indeterminadamente bello y esplendoroso. Y al morirse, según me refirió mi padre, en el último destello de su mirada se produjo un resplandor vivísimo como si hubiera vuelto a contemplar, en un lúcido instante, el rayo verde que yo jamás he visto.

No he creído nunca que fuera una de esas amables patrañas con las que la abuela Carmen endulzó mi infancia y las de mis hermanos y mis primas, porque cuando contaba lo de la aparición del rayo verde se transfiguraba su rostro y sus palabras sonaban como suena la música de los Cuentos de Hoffman al visitar los bosques de la Selva Negra, una experiencia irrepetible. Muchos años después, en mi amor por la literatura, leyendo un relato de la escritora mejicana Elena Poniatoswka, encontré una descripción semejante a la de la historia de mi abuela (revista “Vuelta”, octubre 1.979). A ella le habían contado que algunas tardes, en el océano Pacífico, podía contemplarse la maravillosa aparición, sólo que había que prestar una capacidad de atención increíble, dado que el rayo verde era huidizo y se escapaba en un parpadeo, tal como la rosa que en el sueño de Coleridge escribió Borges que había encontrado la prueba irrefutable de la existencia del paraíso.

Ni en los libros, ni en las montañas, ni en las playas, he podido alcanzar a ver esa relampagueante visión del rayo verde. Ni siquiera en los textos de astronomía, incluyendo al popular de Flanmarión, he conseguido hallar indicio alguno de tan extraño fenómeno meteorológico. Me he preguntado siempre en qué lugar exacto de mis sueños se encuentra esa alucinación que heredé de mi abuela Carmen y de la que siempre se han reído mis hermanos, mis amigos, mi hijo y hasta la propia compañera de mi existencia en los últimos veintidos años. Tal vez ha sido una de las muchas iluminaciones de una infancia que, si no fue perfecta, si fue como un fulgor avivado por los sueños de los cuentos orales y las lecturas de los maravillosos cuentistas del pasado. Hay en mi ser adulto todavía un rescoldo de ilusión que, a pesar de mis muchos escepticismos, mantiene intacta esa no presencia del rayo verde que sigue alimentando mi existencia anodina. En la semana luminosa de los Reyes Magos me gusta observar en la mirada mágica de los niños pequeños ese maravillado encantamiento que solía embriagar a Gabriela Mistral en el Valle de Elquí o en el Valle del Río Blanco, donde nace el Aconcagua, al amanecer el día 6 de enero. O recordarme a mi mísmo en la noche de la víspera, desfilando en la cabalgata de la ilusión de una nube en la que aparecía el rayo verde, dádiva de las dádivas del reino de la felicidad. En un mundo tan absolutamente materializado ya no hay abuelas como mi abuela Carmen que me contaba cuentos que todavía me creo, prodigios, como el del rayo verde, que alimentan como la flor del aire, otra historia que un día contaré. Aun imploro el milagro de vivir la visión de ese rayo fantástico que debe aparecer, aunque sea en el último acto de mi vida, en el centro de un resplandor.

De "Relatos", en la PÁGINA DE CARLOS RIVERA