6/4/10

UN PASEO POR PARÍS

París no te lo acabas. Cuando las piernas flaqueaban a Daniela después de pretender ir a pie de un barrio a otro, esas palabras le vinieron a la mente. Bah!, no es éso, es mi edad, debo de estar oxidada; hace solo diez años me hice Londres a zancadas y ahora... Pensaba y resoplaba mientras buscaba el metro. Lo encontró pronto; es una de las maravillas de París: metro por todos sitios. Instalada en su silla subterránea Daniela sacó de nuevo el papel en que había apuntado lo que hasta entonces le había parecido un itinerario prudente para los cinco días que iba a pasar en la gran capital, y le empezó a parecer una meta inalcanzable. Su ánimo fue menguando a medida que -ya siempre a través del metro- empezó a buscar edificios, museos, tiendas y bares míticos... Los turistas lo atestaban todo y si preguntaba en su pobrísimo francés una dirección, casi siempre le respondían: je ne suis pas d'ici. Lo mismo que en la noche que desde al lado mismo de su hotel se lió entre las siete grandes avenidas (boulevards) que salían de la plaza. Daniela nunca había visto nada parecido. Ni tampoco tánta belleza en una ciudad. Ni la maravillosa conjunción de barrios con tánta idiosincrasia propia sin que ninguno anule el encanto del otro. Pensó en la maravilla de aceptar las diferencias y en su mente inquieta trasplantó el ejemplo a las sociedades, a los países, a las razas.

En su tercer día Daniela tuvo una idea maravillosa. Tiró su itinerario junto a la excursión organizada que tenía pagada desde Barcelona a una papelera. Miró por primera vez (a ella se lo pareció) el Sena, paseó tranquilamente por sus dos orillas, perdió todo el tiempo que tuvo ganas en las casetas de libros antiguos y en el arte de los pintores de Montmartre, dejó de lado las colas kilométricas de turistas ante la Tourre Eiffel, el Louvre y el Centre Pompidour, y le dio la gana de esperarse dos horas para ver a los impresionistas del museo d'Orly. Enfundada en su abrigo de buzo, bufanda, sombrero y con el paraguas que tenía que abrir y cerrar cada media hora, disfrutó los dos días que le quedaban, sorprendiédose con un París que no imaginaba. Lo había visitado hacía cuarenta años, pero ya nada era igual. Tuvo conciencia de ello, más que nunca, cuando miró el retrato que le hizo uno de los retratistas de la Place du Tertre. Le había quitado treinta años de encima.

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